martes, 11 de noviembre de 2014

El pacifismo bruto y el tabú de la violencia


«Arrojar una piedra es una acción punible. Arrojar mil piedras es una acción política. Incendiar un coche es una acción punible, incendiar cien coches es una acción política. Protestar es denunciar que eso o aquello no es justo. Resistir es garantizar que aquello con lo que no estoy conforme no se vuelva a producir.»
Ulrike Meinhof

@escupeletras

La violencia. Esa acción inseparable de la humanidad. Ese doloroso curso de la historia. Ese monopolio legal del Estado. Esa palabra que no cesa en los medios de comunicación. Ese tabú que tanto espanta.

En los últimos días, el caso de los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos en Iguala, presuntamente masacrados y calcinados por un grupo del narcotráfico en complicidad con autoridades locales, ha convulsionado a México y ha trascendido en el mundo. Las protestas en todo el país han sido multitudinarias y en no pocos casos se han suscitado acciones violentas.
En el discurso de la aplastante mayoría de los medios de comunicación nacionales, existe una condena generalizada a estos actos; etiquetan con ligereza y sin temor a quienes los ejecutan como “violentos”, “vándalos”, “provocadores”, direccionando una connotación claramente negativa.


Portada del diario Milenio del 9 de noviembre de 2014. (IMAGEN: ESPECIAL)


No debe sorprendernos que la mayoría de los grandes diarios y medios de comunicación dediquen sus portadas a defender el estaus quo actual, pues viven de él y están su servicio. Lo importante aquí es desmitificar a la violencia, quitarle ese tabú que causa espanto y temor, eliminar esa tendencia a su condena automática carente de contexto, arrancarle ese desprestigio intrínseco que ignora sus razones.


Un análisis del discurso aplicado a la prensa nacional en el caso Ayotzinapa reveló que el diario Excélsior ha otorgado mayor cobertura a las declaraciones del presidente que a las protestas o las víctimas. (IMAGEN: ARTÍCULO 19)


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En el siglo pasado, después de las dos grandes guerras, en medio de la constante tensión de la Guerra Fría y de los variados conflictos armados durante ella, se estableció un paradigma de paz impulsado principalmente por los medios de comunicación. La violencia se proscribió como inadmisible en cualquier nivel y contexto. En los 60, el jipismo ayudó a catapultar la idea del pacifismo como la única salida a un mundo asolado por guerra. Figuras como el Dalai Lama, Mahatma Gandhi y John Lennon fueron modelos a seguir para toda una generación y su pensamiento repercutió en el orden social de su tiempo y de las décadas venideras.

En una de sus frases más famosas, Gandhi expresó: “No hay camino para la paz, la paz es el camino”. De acuerdo. Pero surge ahí una pregunta clave: ¿qué hacemos con aquellos no están dispuestos a sostener el acuerdo de paz y ocupan las más diversas formas de violencia para oprimir a los pueblos?

El pacifismo a ultranza que impera desde hace más de 50 años en nuestras sociedades occidentales no admite este cuestionamiento. El problema de este paradigma de paz es que despojó a la violencia de todo contexto e intencionalidad.

Se constituyó así una paz ciega y sorda, incapaz de analizar y juzgar a la violencia desde sus protagonistas, sus causas y sus objetivos. Se instituyó un pacifismo bruto que no tomaba en cuenta que afuera de la burbuja color de rosa de sus promotores había un mundo violento construido por aquellos, muchos, que no estaban dispuestos a obedecer el paradigma de la paz para conservar sus posiciones de privilegio. Se erigió una paz de perpetua inmovilidad y sumisión que juega a favor del mantenimiento de un status quo construido con base en el abuso.
Se formaron así sociedades mansas, masas inertes, capaces de aguantar toda la violencia diaria de los poderes del Estado y de los poderes fácticos. Sociedades siempre dispuestas a resistir todo abuso y a poner la poner la otra mejilla, sociedades “civilizadas” que se acostumbraron a enfrentar una maquinaria de explotación y segregación con una rama de olivo en la mano. El pacifismo se estableció como una gran barra de contención invisible del descontento ciudadano al servicio de las clases dominantes.
Se insertó así la idea de que todo acto violento es, sin distinción, “malo”, “irracional”, “primitivo”, “salvaje”, “dañino”, “condenable”, “castigable”.

Se constituyó una paz ciega y sorda, incapaz de analizar y juzgar a la violencia desde sus protagonistas, sus causas y sus objetivos. Se instituyó un pacifismo bruto que no toma en cuenta que afuera de la burbuja color de rosa de sus promotores hay un mundo violento construido por aquellos, muchos, que no están dispuestos a obedecer el paradigma de la paz para conservar sus posiciones de privilegio. (IMAGEN: ESPECIAL)


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No se trata de hacer una apología de la violencia por sí misma, de ninguna manera. Lo importante es tomar conciencia de que no todas las violencias pueden ser juzgadas de igual forma. Ante cualquier acto de violencia, siempre debemos preguntarnos ¿quién la ejerce? ¿contra qué o quién? ¿en respuesta a qué (antecedentes, contextos)? y ¿cuál es su objetivo?
El célebre escritor argentino Julio Cortázar, en su texto Corrección de pruebas de 1973, nos dejó una gran guía para tomar una postura frente a los actos de violencia:

“Es necesario darse cuenta de que la violencia-hambre, la violencia-miseria
, la violencia-opresión, la violencia-subdesarrollo, la violencia-tortura, conducen a la violencia-secuestro, a la violencia-terrorismo, a la violencia-guerrilla; y que es muy importante comprender quién pone en práctica la violencia: si son los que provocan la miseria o los que luchan contra ella”

De esta cita establecemos entonces que hay diversos tipos de violencia con diferentes orígenes. Cuando hablamos de violencia generalmente pensamos en un acto que hiere físicamente, que causa un daño corporal o material por medio de un golpe, una cortadura, una explosión, un impacto; pensamos en un tolete, en un palo, en una piedra, en un petardo, en una bala, en una bomba. Pero la violencia, en su más amplio sentido, es mucho más.

La inequidad de género, la segregación racial y cultural, la depredación y el despojo de los recursos naturales, la explotación laboral, la desigualdad económica y la pobreza son violencias cotidianas, violencias que vemos y sufrimos a diario con una fuerza implacable, pero la mayoría de la población está tan acostumbrada a ellas que ni siquiera las nota.


La inequidad de género, la segregación racial y cultural, la depredación y el despojo de los recursos naturales, la explotación laboral, la desigualdad económica y la pobreza son violencias cotidianas, violencias que vemos y sufrimos a diario con una fuerza implacable, pero las mayorías están tan acostumbradas a ellas que ni siquiera las notan. (FOTO: ESPECIAL)

Con el ascenso del capitalismo como el sistema socioeconómico hegemónico a nivel global, estas violencias se normalizaron, se hicieron tolerables, aceptadas, a veces invisibles para el colectivo. En esta dirección, el sociólogo francés Pierre Bordieu acuñó en la década de los 1970 el término “violencia simbólica”, donde el "dominador" ejerce un modo de violencia indirecta y no físicamente directa en contra de los "dominados", los cuales no la perciben o son inconscientes de dichas prácticas en su contra[i].

Ante las violencias cotidianas inherentes de los Estados burgueses y el sistema socioeconómico imperante, surgen otras violencias que son una respuesta natural. Cortázar acierta al señalar que las violencias que ejercen las clases dominantes desemboca en violencias por parte de las clases dominadas, ya sea como medio de supervivencia ante la falta de oportunidades que el sistema provoca (como en los casos del robo, el secuestro o el narcotráfico) o como respuesta al abuso de las élites que dirigen el sistema y en busca de su caída (como en el caso de las protestas violentas, las guerrillas y las revoluciones armadas).  

Es precisamente en este contexto de violencia cotidiana donde es necesario el rescate del concepto de legítima defensa, que se traduce en actos de violencia.

No confundir legitimidad con legalidad, ahí radica la diferencia entre la violencia de las protestas sociales o las revoluciones y la violencia cotidiana del Estado burgués.
Hago una diferenciación conceptual entre la legitimidad y la legalidad. Defino a la legitimidad con base en la justicia y a la legalidad con base en la ley. Una acción, un documento, una organización o un personaje son legítimos cuando la justicia los asiste, tienen legitimidad cuando se mueven en función de una causa justa. La legalidad es el marco jurídico aprobado por un Estado. Pero la legalidad no siempre es legítima, pues una ley no siempre está asentada en la justicia, sino en la conveniencia de la clase dominante. Idealmente lo legal siempre debe ser legítimo, pero en la realidad lo legal puede ser ilegítimo y lo legítimo puede ser ilegal.
La esclavitud y el racismo que en muchas partes del mundo y por muchos siglos fueron legales, nunca fueron legítimos porque nunca fueron justos. Lo mismo ocurre hoy con la explotación laboral, el despojo, la marginación, la desigualdad y la pobreza que producen los sistemas económicos neoliberales al amparo de la legalidad.  

Entonces, ¿qué legitimidad tienen la discriminación, la explotación o el despojo? Ninguna, pero, a pesar de ello, es la violencia aceptada, tolerada y a veces hasta fomentada y celebrada por las clases dominantes y sus medios de comunicación.
Por supuesto, también es violencia ilegítima la ejercida por las clases dominadas como medio de supervivencia, pues el robo, el secuestro y el narcotráfico también ejercen violencia contra inocentes y casi siempre sobre el mismo lado de los dominados.

En contraste, la respuesta violenta a la discriminación, la explotación, el despojo, la desigualdad económica y la pobreza tiene una base de legítima defensa, consolidándose así como violencia legítima. Las protestas, las guerrillas, las revoluciones no surgen de la nada, la rebeldía tiene su génesis en la opresión. Toda violencia legítima nace en respuesta a la injusticia.

El problema de significación de la violencia legítima radica en que los medios masivos de comunicación al servicio de las clases dominantes condenan esta violencia, aplicando casi siempre una connotación negativa. El discurso del pacifismo bruto invade a la ciudadanía, instalado a base de repetición en las mentes de la mayoría, replica la condena mediática, completando el círculo de inmovilidad que las élites buscan para no perder su hegemonía.

El discurso de la paz ciega en los medios de comunicación coloca a todas las violencias legítimas en una misma caja, las reprueba y condena por igual, pero suele aprobar a una violencia que en la mayoría de las ocasiones resulta ilegítima: la violencia del Estado burgués, una violencia institucionalizada que protege el sistema hegemónico construido y sostenido con base en toda la variedad de violencias ilegítimas toleradas. 


El discurso de la paz ciega en los medios de comunicación coloca a todas las violencias legítimas en una misma caja y las condena por igual, pero suele aprobar a una violencia que en la mayoría de las ocasiones resulta ilegítima: la violencia del Estado burgués, una violencia institucionalizada que protege el sistema hegemónico construido y sostenido con base en toda la variedad de violencias ilegítimas toleradas. (FOTO: ESPECIAL)


El principal problema del pacifismo bruto es que permanece neutral ante las injusticias, tiende a quedarse inmóvil ante los abusos, quieto mientras es avasallado por las violencias ilegítimas.
Cae en un grave error quien rechaza la violencia por sí misma, pues el objetivo de la violencia cambia según quien la pone en práctica, si los opresores o los oprimidos: el opresor busca conservar sus privilegios y el mantenimiento de un sistema injusto a través de la violencia ilegítima; el oprimido busca quitarse ese yugo que lo lastima mediante la violencia legítima.
Quien rechaza toda violencia en automático, sin realizar ningún tipo de análisis sobre su raíz y sus objetivos, puede terminar respaldando la injusticia.


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Sin desestimar los valiosos logros de las “revoluciones sin manos”, es claro que la mayoría de los cambios sociales en la historia a favor de causas legítimas se han dado como producto de acciones violentas. La Revolución Francesa, la Gran Guerra Patria, los movimientos independentistas a lo largo y ancho del mundo; en México, la Guerra de Independencia y la Revolución, todas y cada una de ellas fueron violentas, derramaron sangre y costaron vidas de ambos lados. Todos estos movimientos fueron caracterizados por violencias legítimas que se enfrentaron a la injusticia.

No imagino a Hidalgo y a Morelos (esos que tanto celebran y honran cada 16 de septiembre los que hoy son pregoneros del pacifismo) cantando canciones de paz y amor para que la Corona Española aboliera la esclavitud y concediera la Independencia a México, tampoco imagino a Zapata y a Villa prendiendo veladoras para que Porfirio renunciara.  

Nunca se debe de subestimar la resistencia no violenta, la protesta pacífica, las marchas, las huelgas, los paros, siempre deben de ser las primeras en estrategias en ejecutarse, pero hay que reconocer sus limitaciones, sobre todo cuando del otro lado de las movilizaciones hay un poder agresivo o tan sordo como el mismo pacifismo bruto.


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El pasado 8 de noviembre, durante una protesta pacífica en el Zócalo con motivo del caso Ayotzinapa, un grupo de personas aprovecharon la movilización para prenderle fuego a la puerta del Palacio Nacional, la golpearon para tratar de derribarla. Como se esperaba, la mayoría de los medios de comunicación y los partidarios del pacifismo bruto no tardaron en condenar las acciones de violencia y pugnaron por el cumplimiento Estado de Derecho y la preservación de una puerta histórica. Mismo discurso han tomado ante toma y quema de los palacios de gobierno municipales y estatal en Guerrero como parte de las protestas por los estudiantes asesinados.  

Los señalamientos sobre posibles grupos de infiltrados del gobierno en los actos de violencia dentro de protestas pacíficas tienen sustento. Hay fotos y videos que sugieren la protección de la policía a estos grupos. Los infiltrados son siempre una posibilidad en la protesta pacífica, las operaciones de bandera falsa son utilizadas cotidianamente por los gobiernos para desprestigiar o inculpar a grupos opositores o causas incómodas, precisamente colgados en el paradigma del pacifismo bruto, ¿pero no se les ha ocurrido que hay quien ya no ve en ese pacifismo una solución? En cualquier caso, la mayoría de los medios se encargan de magnificar los hechos, sean cometidos por "infiltrados" o no, y de asignarles una connotación negativa.



Las operaciones de bandera falsa son utilizadas cotidianamente por los gobiernos para desprestigiar o inculpar a grupos opositores o causas incómodas, precisamente colgados en el paradigma del pacifismo bruto, ¿pero no se les ha ocurrido que hay quien ya no ve en ese pacifismo una solución? En cualquier caso, la mayoría de los medios se encargan de magnificar los hechos, sean cometidos por "infiltrados" o no, y de asignarles una connotación negativa. (IMAGEN: ESPECIAL)

Volvemos aquí a legitimidad de la violencia. Suponiendo, sin asegurar, que sean acciones independientes y meditadas de personas inconformes sin nexo alguno con el gobierno, se manifiestan violentamente como una legítima expresión de indignación, de rabia, de dolor, ante la corrupción e incompetencia del gobierno para garantizar su primera responsabilidad: la seguridad de sus ciudadanos. 
Sobreviene entonces una respuesta violenta a la ausencia del Estado de Derecho causado por la incapacidad de la propia autoridad, una incapacidad que ha provocado una tormenta de violencia ilegítima que nos ha costado 120 mil asesinados y 30 mil desaparecidos desde 2005.

Equiparar el valor de los objetos al de las vidas humanas es otro error del pacifismo bruto. ¿Les parece ilegítimamente violento que los indignados destruyan camiones de grandes empresas explotadoras, que tomen autopistas para dejar pasar sin cuota en un país de libre tránsito, que quemen ayuntamientos o puertas de palacios como respuesta a los abusos, acciones y omisiones del poder establecido? A mí me parece ilegítimamente violento que el presidente viva en una casa de 68 millones de pesos en un país donde hay 55 millones de pobres y 40 millones más muy cerca de la línea de la pobreza. Me parece ilegítimamente violento que en un país con el 50% de población viviendo en condiciones de pobreza y con otro 30% muy cerca de ella viva el hombre más rico del mundo, me parece ilegítimamente violento que el 1.2% de las personas más ricas del país posea 43% de la riqueza total individual de todo México. Si eso no les parece violento, por ahí empezamos mal.

“Vándalos, güevones, que se pongan a trabajar” es una expresión recurrente en la boca de las masas inertes para juzgar a las protestas tanto pacíficas como violentas. Se les olvida que a diario todo el mundo trabaja, estudia, lucha por superarse sin ver un cambio verdadero en el sistema que lo oprime. “El cambio está en uno mismo”, dicen los inmóviles ignorando que la estructura del sistema social está diseñada para oprimir e inhibir el cambio, haciendo inútiles los esfuerzos individuales aislados.

“No se puede exigir justicia actuando con violencia”, fue la condena del presidente Enrique Peña Nieto a las protestas violentas, pronunciada en Alaska, escala técnica de su gira a China. Me parece que se equivoca. ¿No fue acaso un acto de violencia simbólica el hecho de que el presidente se largara de gira a China en medio del caos por el caso Ayotzinapa?

Los verdaderos violentos, los vándalos, son los que malgobiernan, los que explotan, los que crean la miseria. 
La desigualdad es más violenta que cualquier protesta.


Los verdaderos violentos, los vándalos, son los que malgobiernan, los que explotan, los que crean la miseria. La desigualdad es más violenta que cualquier protesta. (FOTO: ESPECIAL)


Un “revoltoso” podrá romper un vidrio con una piedra, pero un “respetable empresario” o un “honorable gobernante” puede alterar la vida entera de cientos, miles o millones de personas con una decisión, una estrategia o con el simple hecho de estampar su firma. Los violentos más peligrosos son los que suelen usar traje y corbata de diseñador.


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A estas alturas de la historia debemos entender que la violencia nunca, jamás, es deseable, pero a veces es necesaria cuando se trata de responder al opresor que se empeña en aplastar a los justos.

“La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y cuando lo nuevo no acaba de nacer”, dijo el escritor alemán Bertolt Brecht. Romper con lo establecido implica casi obligatoriamente romper la ley que lo protege, ese choque casi siempre implica violencia, sufrimiento.
Queda la elección: dejar que lo viejo siga viviendo y oprimiendo o buscar lo nuevo a sabiendas de que su nacimiento, como cualquier parto, causará dolor. El miedo nos consume, nos paraliza; ante el temor de perder lo poco que tenemos, optamos por mantener lo viejo, la ‘seguridad’ de nuestra miseria, pero hay que ser conscientes de que cuando lo nuevo sea inevitable, cuando lo nuevo se abra paso por el peso de su justicia, debemos darle la bienvenida.

Si el poder no sirve a los intereses y el bienestar del pueblo, ese poder debe caer. No se espanten, por favor, si ello implica violencia, legítima violencia.

PD: ¿Se acuerdan cómo detuvimos los fraudes electorales de 1988 y 2006, la violencia de la “Guerra contra el Narco”, la imposición de 2012 y la Reforma Energética de 2013 con la protesta pacífica? Yo tampoco.





[i] Para Borideu la práctica la violencia simbólica es parte de estrategias construidas socialmente en el contexto de esquemas asimétricos de poder, caracterizados por la reproducción de los roles sociales, estatus, género, clase social, categorías cognitivas, representación evidente de poder y/o estructuras mentales, puestas en juego cada una o bien todas simultáneamente en su conjunto, como parte de una reproducción encubierta y sistemática.
Las prácticas de la violencia simbólica son parte de estrategias construidas socialmente en el contexto de esquemas asimétricos de poder, caracterizados por la reproducción de los roles sociales, estatus, género, clase social, categorías cognitivas, puestas en juego cada una o bien todas simultáneamente en su conjunto, como parte de una reproducción encubierta y sistemática. La violencia simbólica está estrechamente ligada a otros conceptos de Bourdieu como:
-Habitus, el proceso a través del cual se desarrolla la reproducción cultural y la naturalización de determinados comportamientos y valores.
-Incorporación, el proceso por el que las relaciones simbólicas repercuten en efectos directos sobre el cuerpo de los sujetos sociales.
Bourdieu nos habla de cómo naturalizamos e interiorizamos las relaciones de poder, convirtiéndolas así en evidentes e incuestionables, incluso para los sometidos. De esta manera aparece lo que Bourdieu llama violencia simbólica, la cual no sólo está socialmente construida, sino que también nos determina los límites dentro de los cuales es posible percibir y pensar.
Tenemos que tener en cuenta que el poder simbólico sólo se ejerce con la colaboración de quienes lo padecen, porque contribuyen a establecerlo como tal. Según Foucault, no podemos hablar de relación de poder sin que exista una posibilidad de resistencia. El subordinado no puede ser reducido a una total pasividad sino que tiene la opción de buscar otras formas de responder al poder tanto individuales como colectivas.
Como advierte Bourdieu (1999), la violencia simbólica no es menos importante, real y efectiva que una violencia activa ya que no se trata de una violencia “espiritual” sino que también posee efectos reales sobre la persona.
Para identificar la violencia simbólica lo primero es identificar que este tipo de violencia se ejerce a través de la publicidad, las letras de canciones, del refranero y de los dichos populares, juegos de video, novelas, revistas o caricaturas. Lo segundo es cuestionarnos, preguntarnos sobre los mensajes que recibimos y que generalmente son tomados como verdad absoluta.

martes, 28 de octubre de 2014

Ayotzinapa: todos los culpables

FOTO: ESPECIAL

@escupeletras

Se ha cumplido un mes de los terribles hechos ocurridos el 26 de septiembre en Iguala, Guerrero, donde fueron masacradas seis personas, entre ellas tres alumnos de la Normal Rural de Ayotzinapa, y 43 estudiantes más desaparecieron después de que policías municipales los entregaran al grupo criminal Guerreros Unidos. Hoy, después de al menos 11 fosas clandestinas encontradas y 56 detenidos, las autoridades no son capaces de dar certezas. En cambio, ha comenzado un vigoroso intercambio de señalamientos, dimes y diretes, un maniqueo juego de acusaciones donde la justicia es la gran ausente.
Curiosamente, todos los acusantes tienen su carga de responsabilidad en este caso que debe verse como el más grave atentado por parte del Estado contra estudiantes desde 1968. Los vínculos, los apoyos, las acciones y omisiones están ahí y hay que repartirlas a quien corresponden.


El PRD, Los Chuchos y AMLO

Fue el ex jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard Casaubón, quien con gran entusiasmo promovió la candidatura de Ángel Aguirre por el PRD en 2010. Fue Ebrard el que le brindó su apoyo político y respaldo para que, tras dejar el PRI, fuera abanderado del Sol Azteca.

Fue el líder del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), Andrés Manuel López Obrador, quien brindó una y otra vez respaldo a Aguirre, fue AMLO quien lo defendió varias veces de la prensa y de la oposición y fue quien hizo campaña a su lado en 2012, dejándose ver con él en mítines políticos como si fuera su gran amigo. Fue López Obrador quien designó a Lázaro Mazón como precandidato de Morena en Guerrero y a su vez Mazón fue quien respaldó en campaña a José Luis Abarca, el alcalde señalado por la PGR de dar la orden de atacar a los estudiantes, hoy prófugo. Fue AMLO el que desestimó las advertencias de algunos perredistas sobre el pasado negro de Abarca.


Fue López Obrador quien defendió varias veces a Aguirre de la prensa y de la oposición y fue quien hizo campaña a su lado en 2012. (FOTO: ESPECIAL)


Ahora los perredistas tratan de lavarse la cara y hacen singulares malabares para relacionar unilateralmente a AMLO con Abarca, pero se les olvida que fue el PRD el que inicialmente respaldó la candidatura de Abarca y después lo sostuvo en el gobierno, ignorando también las acusaciones sobre su vertiginoso enriquecimiento por sus vínculos con el crimen organizado y el presunto homicidio que cometió contra el líder de la organización Unidad Popular de Guerrero, Arturo Hernández Cardona, quien fue encontrado asesinado en 2013, junto con dos de sus compañeros, previamente levantados en Iguala.
Fue el PRD el que no puso filtros para seleccionar a sus candidatos, el que dejó la puerta abierta para cualquiera sin comprobar antes su honestidad, integridad y rectitud.
Fue el PRD quien postuló a Ángel Aguirre en 2010 en la alianza Diálogo por la Reconstrucción de México (DIA), de la mano del PT y Convergencia, a sabiendas de que era un priista de cepa que sólo estaba haciendo berrinche porque el tricolor decidió lanzar a Manuel Añorve para buscar la gubernatura. Fue el PRD quien lo impulsó y lo mantuvo sabiendo que en 1996 asumió la gubernatura interina de Guerrero cuando su amigo Rubén Figueroa Alcocer renunció después de ordenar la matanza de campesinos en Aguas Blancas. Fue Aguirre el gobernador cuando Acapulco se convirtió en la ciudad más violenta del mundo, cuando el huracán “Manuel” devastó al estado ante su incompetencia y cuando la policía estatal asesinó arteramente a dos normalistas también de Ayotiznapa en un violento desalojo de la Autopista del Sol en 2011.
Fueron el PRD y Aguirre, antes que AMLO, los que promovieron como candidato a Abarca y después lo arroparon cuando la crisis se le venía encima. Fue el PRD chuchista el que apenas el 7 de septiembre pasado registró a la esposa de Abarca, María de los Ángeles Pineda Villa, como integrante del Consejo Estatal del PRD en Guerrero, sólo unos días antes de la masacre y a más de dos años de saber su relación con los Beltrán Leyva. La llamaron la “primera trabajadora social del municipio”.

Fueron el PRD y Aguirre los que promovieron como candidato a Abarca y después lo arroparon cuando la crisis se le venía encima. (FOTOS: ESPECIAL)
 

Fue Jesús Zambrano el que ha reconocido que mantuvo una reunión con José Luis Abarca apenas el 29 de septiembre, sólo tres días después de la desaparición de los 43 normalistas, para negociar su renuncia y lo dejó escapar sin avisar a las autoridades estatales y federales.

Fue el PRD el que traicionó sus raíces de izquierda y echó por la borda la vocación social de sus inicios. Fue el PRD el que, en su avanzado proceso de descomposición, ha encumbrado y mantenido en el poder a rufianes de conocida trayectoria negra con tal de alcanzar y mantener puestos de poder. En las fosas clandestinas de Iguala también se haya el cadáver político del PRD, que a estas alturas ya no se diferencia en nada del PRI y el PAN. Secuestrado por la corriente Nueva Izquierda (“Los Chuchos”, liderada por Jesús Ortega y Jesús Zambrano, ahora en manos de Carlos Navarrete), el Sol Azteca se acostumbró a ser un alfil del poder de las élites, servil a los dos últimos gobiernos federales, pactando con la derecha y facilitando el periodo de reformas neoliberales más agresivo desde Carlos Salinas de Gortari. Hacía muchos años ya que el PRD se revolcaba en su mugre, pero el caso Ayotiznapa los ubicó en un nuevo nivel de infamia.  


El PRI-gobierno

Fueron las dos últimas administraciones federales (PAN y PRI) las que más han dejado que la delincuencia organizada se enquiste impunemente en las instituciones de los tres niveles de gobierno, en una macabra relación que va de la negligencia y omisión hasta la complicidad. Fue Felipe Calderón el que no supo manejar una guerra que él mismo inició. 

Fueron los órganos de seguridad e inteligencia del gobierno federal los que dejaron actuar a Abarca con total impunidad desde la época del auge y caída de los Beltrán Leyva durante el calderonato. ¿Acaso son tan incompetentes que en todos estos años nunca se dieron cuenta de que un empresario de medio pelo construyó un feudo de la mano de un cártel y luego se postuló para encabezar una alcaldía, donde siguió operando con el grupo delictivo en las narices de la PGR, el CISEN, la Policía Federal, del Ejército y de la Marina? ¿Acaso siempre supieron de esos vínculos y nunca actuaron? ¿Había complicidades?

Para el actual gobierno federal y el priismo en general es muy fácil ahora señalar culpables. Muy sencillo les ha resultado cargar culpas a miembros de otro partido, descargando todo el desprestigio mediático y cargo de responsabilidad al perredismo y a López Obrador, pero al priismo se le olvida su larga cadena de acciones y omisiones en este caso.
El líder nacional del PRI, César Camacho, acusó a AMLO de incurrir en omisión al darle apoyo político a Abarca y guardar un “sospechoso silencio”. Lo que olvida u omite decir Camacho es que de parte del gobierno federal que su partido encabeza hubo una oleada de silencio y omisión aún más monstruosa.

Fue el gobierno federal, encabezado por Enrique Peña Nieto, el que actuó con profunda torpeza y lentitud, atrayendo el caso 10 días después de la desaparición de los normalistas, perdiendo tiempo valioso para la investigación. Ha sido el gobierno federal el que después de 56 detenidos, (incluyendo a policías involucrados que dispararon contra los estudiantes y que los entregaron a Guerreros Unidos, así como al líder de este grupo), docenas de cuerpos encontrados y a más de 30 días de los hechos no ha sido capaz de establecer dónde están los normalistas.
Fue Peña Nieto el que siempre llevó una relación de terciopelo con Aguirre a pesar de sus pifias. Peña visitó Guerrero al menos 17 veces en menos de dos años y sus reuniones con Aguirre eran por todos conocidas por la gran cordialidad y simpatía que uno mostraba por el otro.



Fue Peña Nieto el que siempre llevó una relación de terciopelo con Aguirre a pesar de sus pifias. (FOTOS: ESPECIAL)


Fue el Ejército el que decidió no actuar cuando los elementos de la base militar cercana al lugar de la balacera contra los normalistas se quedaron estáticos ante los disparos que se escuchaban muy cerca aquella noche del 26 de septiembre.
Fue la policía municipal de Cocula, donde gobierna el PRI, la que colaboró con la policía de Iguala para disparar contra los normalistas, para capturarlos y entregarlos a los Guerreros Unidos.
Fue el gobierno federal peñista el que sabía muy bien de la relación de Abarca con los Beltrán Leyva al menos desde el 2013 y no hizo nada para detenerlo. Fueron la PGR, dirigida por Jesús Murillo Karam, y la Segob, a cargo de Miguel Ángel Osorio Chong, las que ignoraron las denuncias contra el alcalde de Iguala por vínculos con el narco, después de que integrantes de la corriente perredista Izquierda Democrática Nacional entregaron al gobierno federal el testimonio de un sobreviviente de torturas y ejecuciones ordenadas por José Luis Abarca Velázquez.
Fue el CISEN, el aparato de inteligencia de la Segob, el que desatendió informes propios de 2013 y 2014 en los que detallaba los estrechos vínculos con grupos del crimen organizado que mantenía el alcalde. Sabían que operaban en la zona norte del estado de Guerrero, sabían que gracias a los nexos de su esposa, suegra y cuñados con el extinto Arturo Beltrán Leyva, Abarca Velázquez sirvió a este capo de lavador y prestanombres, por lo que pudo levantar en pocos años una gran fortuna.
La foto de EPN con Abarca que hoy circula en las redes sociales (y que por cierto la gran mayoría de los medios de comunicación no ha difundido), no prueba ningún vínculo por sí misma, los políticos se toman fotos con mucha gente que ni conocen todo el tiempo. Lo verdaderamente elocuente y comprometedor es la horrorosa inacción del gobierno federal aun a sabiendas de los vínculos del Abarca con el narco.

La foto de EPN con Abarca que hoy circula en las redes sociales (y que por cierto la gran mayoría de los medios de comunicación no ha difundido), no prueba ningún vínculo por sí misma. Lo verdaderamente elocuente y comprometedor es la horrorosa inacción del gobierno federal aun a sabiendas de los vínculos del ex edil con el narco. (FOTO: ESPECIAL)


Si en 2012 fue AMLO quien cometió el grave error de desestimar la acusación de un diputado perredista contra el aspirante a presidente municipal por sus nexos con el crimen organizado y no hizo nada para detener su candidatura, fueron la PGR y la Segob quienes criminalmente ignoraron investigaciones propias en 2013 que comprobaban el vínculo de Abarca con el narco y no hicieron nada para aprehenderlo y someterlo a la justicia. Hay niveles de responsabilidad que no se pueden evadir.

Aunque ahora todos jueguen a la papa caliente, ninguno de los acusantes puede alegar que no sabía del negro imperio que Abarca había formado en la ilegalidad a la vista de todos.


El Estado y el sistema

Pero esta gran maraña de corrupción, violencia e ingobernabilidad tiene su origen en un sistema. Ese sistema que crea pobreza, ese que crea desigualdad, ese que impone una brecha inmensa entre una aplastante mayoría de pobres y una ínfima minoría de ricos. Ese sistema que orilla u obliga a los más vulnerables a entregarse a las filas de la delincuencia, ese que crea rebeldes hartos de las injusticias sociales, ese que crea descontento e inestabilidad, ese que enfrenta a la sociedad contra sí misma, ese en el que los muertos, los asesinados, siempre son los más pobres, ese donde la justicia es para los que más tienen. Ese sistema es el neoliberalismo, es el capitalismo salvaje.
Porque los normalistas nos son hijos de la burguesía, son los estudiantes más humildes del país, con una formación política fincada en el socialismo marxista o en el anarquismo, con una conciencia social elevada que ya quisieran la mayoría de los universitarios de la ciudad, con muchas ganas de cambiar este negro panorama. Son los mismos estudiantes que desde la época de Díaz Ordaz han enfrentado una estrategia gubernamental que tiene el objetivo de extinguir sus escuelas. Son los incómodos, son los rebeldes. Eso no es coincidencia.
Sí, es cierto que las normales son formadoras de líderes sociales, de rebeldes, de guerrilleros, pero esos líderes sociales, esos rebeldes, esos guerrilleros no existirían si no hubiera desigualdad, pobreza y hambre, no son la causa de la injusticia sino su consecuencia, son la respuesta a un sistema que les ha dado la espalda.
Y así es como se acomodan las piezas del rompecabezas. Los Guerreros Unidos no actuaron solos. Todo responde a una larga cadena de acciones y omisiones del Estado y el sistema en el que está basado. Que no quepa duda: fue un crimen de Estado, fue un crimen del sistema.

(FOTO: ESPECIAL)



Las necesarias postdatas:

1.- Aún hay muchas preguntas por resolver. ¿Cuántas personas hay realmente en esas fosas que han sido descubiertas? ¿De quiénes son esos restos? ¿Cuántas fosas más hay en Iguala, en Guerrero y en el país entero? ¿De qué tamaño es este infierno? Si en verdad los restos que se han hallado no corresponden a los normalistas desaparecidos, ¿dónde están entonces? A estas alturas es muy difícil pensar que es posible encontrarlos vivos, pero la esperanza no debe perderse.
2.- Parece imposible que tras 11 fosas descubiertas (hay información  que señala que son en realidad 26 fosas si se incluyen las que han hallado las organizaciones campesinas que se han sumado a la búsqueda de los normalistas) y 56 detenidos después (incluido a los policías que dispararon contra los normalistas y que los entregaron a Guerreros Unidos, y al líder de este grupo), la PGR no sea capaz de determinar dónde están los estudiantes. De no creerse. Es obvio que apuestan al desgaste, a que el tiempo diluya el caso, a que llegue el olvido.
Las palabras del padre Solalinde retumban cada día que pasa: los estudiantes fueron masacrados y algunos de ellos quemados vivos, pero el gobierno federal oculta la verdad porque es menos escandaloso para el poder declararlos desaparecidos que reconocer su cruel asesinato.
3.- No, la renuncia de Aguirre no hará que los 43 normalistas aparezcan con vida. Su licencia no soluciona nada en realidad, para eso se requiere un cambio de base socioeconómica que no está a la vuelta de la esquina. Este abandono del cargo debe verse como un pacto entre “Los Chuchos”, la corriente más podrida del PRD, que lo respaldó a él y al alcalde de Iguala todo este tiempo.
Debe verse también como una estrategia de Los Pinos para sacarle presión a esta bomba que estaba por explotarle al usar a Aguirre como el único que reciba el golpe de culpa mediático para que se olvide la parte de responsabilidad, por acción y omisión, del gobierno federal en esta masacre.
Probablemente nunca haya justicia y Aguirre quede impune. Es cierto, su renuncia no soluciona nada, pero, carajo, qué bien se siente ver a cerdos como él salir por la puerta de atrás con la cola entre las patas.
4.- Las mismas razones por las que salió Aguirre son las mismas por las que debe salir Peña Nieto. Una cadena colosal e inexplicable de acciones y omisiones que no deben de perdonarse. Exigir la renuncia del presidente y su gabinete de seguridad es el siguiente paso. Esta exigencia no debe venir de AMLO, sino de las movilizaciones en toda la república y en el mundo para exigir justicia en el caso. Las marchas y protestas deben seguir hasta que EPN caiga.
5.- No sólo es Guerrero, también es Baja California Norte, Sinaloa, Coahuila, Veracruz, Tampico, Estado de México y Michoacán las entidades que muestran un alto grado de ingobernabilidad, violencia y corrupción coludida u omisa con el crimen organizado. La situación es crítica.
No es sólo Ayotzinapa, es la historia reciente. Es Tlatelolco, es el Halconazo, es Aguas Blancas, es Acteal, es Atenco, es San Fernando, es Villas de Salvarcar, es el Casino Royale, es la Guardería ABC, es Tlatlaya, son los feminicidos de Ciudad Juárez y los del Estado de México, es el récord de secuestros roto en el primer año de la administración de Peña Nieto, son los 120 mil homicidios en 7 años y los 30 mil desaparecidos, es la mitad de la población en la pobreza y otro 30% cerca de ella. Todo eso y mucho más. La lista de agravios es larga. El país se nos está escapando de las manos y no queremos darnos cuenta.
No podemos esperar un "cambio" en el país si no se realiza un cambio de base socioeconómica. Políticos van y vienen, pero todos, sin importar partidos, operan bajo el mismo sistema neoliberal, por eso no puede haber cambio. Cambian las caras, cambian los colores, pero no el sistema.
Ya llevamos al menos 35 años con el mismo sistema económico y sólo nos ha dejado más pobreza y desigualdad. Aún así, la postura de los gobiernos federales recientes es la de hacernos creer que toda esta desigualdad y miseria que el sistema neoliberal nos ha dejado se va a solucionar con más reformas neoliberales. Si no rompemos este esquema, el despojo, la miseria y la violencia aumentarán cada día más. Estamos advertidos.



NOTAS RELACIONADAS:


-“Me voy a dar el gusto de matarte”, testimonio contra el alcalde de Iguala: http://aristeguinoticias.com/0710/mexico/documento-me-voy-a-dar-el-gusto-de-matarte-testimonio-contra-el-alcalde-de-iguala/

-Ángel Aguirre Rivero, el señor matanzas: http://www.sinembargo.mx/07-10-2014/1136401

-AMLO defiende a Aguirre y culpa al gobierno federal: http://www.sinembargo.mx/24-09-2013/765431



-PGR y Segob ignoraron denuncias contra alcalde de Iguala por vínculos con el narco: http://www.animalpolitico.com/2014/10/gobierno-federal-ignoro-denuncias-del-propio-prd-contra-el-alcalde-de-iguala/

-Mujer prófuga es consejera en el PRD; María de los Ángeles Pineda Villa: http://www.excelsior.com.mx/nacional/2014/10/09/985868